El Combate de La Concepción por Jorge Villarroel Carmona
Combate
de La Concepción
Jorge
Villarroel Carmona
Domingo
9 de Julio de 1882
Ignacio como si hubiera percibido la gloria que iba a alcanzar la 4° Compañía, se levantó con su mejor tenida, guerrera azul esa con doble abotonadura, y cada uno de éstos labrados con el escudo y la estrella en su centro y en el contorno del calibre metálico y en relieve la inscripción “República de Chile”, seis en el faldón trasero, en las bocamangas los galones en hilo de oro y el trenzado en igual hilo en sus hombreras, su pantalón de brea color rojo, y quepis del mismo color y con los diminutos galones en hilo de oro sobre un fondo azul. Además de la tenida, la rasurada era impecable, ella, lograda con ese cuchillo regalado por Emeterio Núñez, ese viejo sargento del Atacama, gran minero de Copiapó
- Oiga Manuel .¿Se fijó que a los soldados les hizo bien la misa? ¿Se fijó en las señoras con que fe oraban por la pronta recuperación de sus esposos?
- En
todo caso, mi teniente, yo creo que esos huasos van a mejorar, son
hombres de campo. ¿No cree?
- Sí, ojala Manuel, acuérdese, que seguimos acuartelados por tanto, nadie sale hasta las cinco que mandaríamos las patrullas a los puestos de vigilancia.
- ¿Oiga mi teniente, escuchó el ruido al alba?
En la mañana, le confieso <decía Manuel Jesús Silva> me desperté tempranito, debe haber sido por el medio bochinche que metían esos paisanos, cuando salían como a las cinco y media en procesión, unos iban bailando huainito.
-
Tienes razón Silva, yo también los sentí, pero
así es la fe, allá en Santiago hay procesiones los días 16 de julio por las calles del centro, acá el Cerro del León.
- Yo
voy saliendo al almuerzo, vamos a ver que tan buena es la comida del tal Prado.
Hasta luego Silva.
- Hasta luego mi teniente.
- Vamos Arturo y ¿Luís dónde se encuentra?
- Ya pues Arturo vaya a buscarle.
- Pero, le prometo mi teniente que estaba recién aquí.
- Vaya pues hombre.
- Ahí viene, mi teniente.
Los dos subtenientes también se habían vestido con las mejores tenidas, era como ver tres oficiales caminar por las calles de Santiago, era ver tres distinguidos señores de la aristocracia, era ver oficiales de infantería, de esa brava que estuvo en Chorrillos y Miraflores, ahí iban cruzando la plaza. Se dirigían a la hostería a dar clase de educación, de lecciones de cultura, de ilustración, ahí van entrando los héroes de La Concepción, aquellos, que se ríen cuando más tarde ven a esos serranos nerviosos por enfrentarles.
- Señor Carrera <dice el alcalde> le presento a mis amigos, Gunther, Bruno y Rolf.
-
Mucho gusto señores -dando la mano a uno a uno y presentándose
como: “teniente Ignacio Carrera Pinto
Comandante de la 4° Compañía y jefe militar de la Guarnición de La Concepción”.
- Mucho gusto (y la reverencia de estilo).
De igual forma hicieron los subtenientes.
- ¿Cuénteme Señor Oficial usted es algo del Presidente Pinto?
- Sí, su sobrino «le respondió».
- ¿Pero, cómo entonces se encuentra en estos parajes tan aislado, señor oficial ?
- Bueno no le entiendo Don Gunther.
- Lo
que pasa es que él no entiende como un sobrino del presidente anda en estas tierras
<acotó el Alcalde>.
- Bueno la respuesta es muy simple, antes de ser un sobrino de quien gobernara el país, soy un chileno y como tal, estoy aquí. Por las mismas razones que están estos oficiales, estos niños, que teniendo tan sólo quince años en 1879 se enrolaron por Chile, no escatimando esfuerzos para ser integrantes del Ejército de la patria.
- Ya entender <musitó Gunther> ahora creo que entiendo todo.
- Bueno mis amigos los invito a pasar a la mesa <dijo el alcalde>.
Ya era la una y media de la tarde, y las conversaciones versaron de música, especialmente de los últimos conciertos y de arte, del buen arte, ese de Florencia y de París.
Aproximadamente a las dos y media de la tarde, fue cuando el cabo 2° Juan Ignacio Bolívar pidió permiso para hablar con su comandante de compañía y mientras saludaba a la mesa, procedió a hacer entrega a Carrera de una nota firmada por el subteniente Julio Montt Salamanca.
El teniente Carrera, procedió a abrir el sello extrayendo de su interior la nota que decía: “En los cerros de Este están cuajados de tropa enemiga, pronto a descender con dirección a La Concepción”.
Ignacio, tomó la fina servilleta y limpiándose la boca, dobló la nota, la guardó en un bolsillo, y sin constreñir ningún músculo del rostro, procedió a levantarse.
- Señores, con vuestro permiso, anunció su retirada, despidiéndose de esa mesa que reunía a diez personas.
Luego, dio seis pasos y hizo un ademán a Luis Cruz y a Arturo de levantarse, <a esa altura ya era un capitán> Carrera procedió a despedirse con el respeto y agradeciendo las finas atenciones y lamentando no poder continuar acompañándoles.
- Hasta la vista mis distinguidos amigos.
¡Viva Chile! <dijo> Adiós.
- Y, procedió a salir.
Ya afuera de la hostería, apresuró sus pasos hasta la plaza, lugar donde se encontraban todos los hombres de la compañía hasta los enfermos prestos con los fusiles Gras.
A la cabeza el subteniente Julio Montt, quien saludaba con la mano en visera a su teniente, informándole que los dos jinetes habían partido con dirección a Huancayo donde el comandante de la división, Coronel Estanislao del Canto.
En el momento de salir de la hostería se podía apreciar en los cerros soldados con Teñidas blancas e indios serranos, tropas que como hormigas inundaban las alturas aledañas al pueblo.
- ¡Repartan la segunda dotación de munición!
- Usted Cruz con esos veinte soldados diez metros del cuartel en el frente este de la plaza.
- Usted Pérez Canto con veinte soldados a mi
siniestra veinte metros
frente a la capilla, y usted Montt atrás mío y a mi lado Silva y Bolívar.
- Disponga inmediatamente Montt, que en las
torres de la capilla se
parapeten tres soldados en cada una, a fin de contar con mayor visibilidad y campo de tiro «eran las primeras órdenes del comandante de compañía».
Se escuchan el fuego de las avanzadas del Batallón Pucará.
Los cuatro oficiales sables en mano preparados para el combate, ese que conocen y que en Chorrillos rompieron las posiciones del Morro Solar, ahí estaban impertérritos, altivos con su revolver en la mano izquierda y el sable de ancha hoja Chátellerault en la mano derecha, a lado de cada uno dos soldados con sus fusiles iniciaron las descargas. Al frente se aprecian las montoneras de Comas que ya van bajando al llano, los indios de Sincos cruzan el Puente Cimbra.
-
¡Tranquilos y adopten posiciones en cuclillas!
<grita Carrera a sus
hombres>
Avanza Ambrosio Salazar liderando las montoneras, también se divisa a Carrión con soldados de blanco provistos de rifles Peabody, a lo lejos se escuchan a los serranos gritar ¡Viva el señor Cáceres, puis!, con armas algunos, y con garrotes y lanzas hechizas otros.
Es un tropel, un desbande, no hay seguridad en sus rostros, saben que se enfrentan a los bravos soldados chilenos, a los victoriosos de Tacna y Arica y de Lima. Van temerosos avanzando, sobre sus ojotas.
La lucha comienza a muerte <piensa Carrera> nada quedará al azar. Cada tiro debe tener un impacto en el blanco.
En la mente chilena se dará todo por la patria, por Chile. En cambio, en la mente del adversario, se peleará por los caudillos Piérola o Cáceres, quienes serán su inspiración.
- ¡No
desperdicien nada!! <ha ordenado el agigantado comandante
de la compañía>.
Los soldados sin parapetos, pero con decisión en el actuar. La apostura del chileno intimida el avance, hay serranos en el suelo. Se esparcen cayendo, otros atónitos dicen: "No es así como nos dijeron, me voy puis, no sigo, hay un maleficio". Y los atacantes, siguen cayendo.
Los mecanismos del disparo sin premura van gatillando los tiros, ya cada boca de fuego chilena por cada tiro disparado "es un serrano menos". Ya cada soldado del Chacabuco ha disparado seis tiros, hay alrededor de ciento cincuenta muertos, sí, entre montoneros, soldados del Pucará y serranos <muchos de la procesión de la mañana>, "ahí yacen".
¿Esperaban que esa masa humana que bajaba de los cerros fuera a intimidarnos? ¡Qué equivocados estaban éstos! <Se decía el teniente Carrera> ¡El chileno sólo sabe Vencer o Morir!
El combate se alarga.
- Atrás, ¡repliéguese Cruz!, ahí muy bien <ordenaba el comandante> retiren a los heridos, ¡repliéguense al cuartel!, ¡Vamos mis muchachos!
Las horas van transcurriendo, y empieza a oscurecer.
La compañía se repliega al curato.
Parapetados, sienten que cavan los muros para penetrar al cuartel, pero, no lo logran por las empedradas del adobe.
A través de las rejas los indios hieren con sus lanzas a algunos soldados que a pesar del dolor, no gimen, sin embargo, el resto de la 4° ya no caen en el juego del estoque, son viejos soldados, veteranos, no principiantes.
Poco a poco, la compañía advierte las posiciones y el avance que han logrado los serranos, hay algunos de éstos, que se encuentran apoyados en los muros de los edificios de la plaza, duermen, otros mastican la coca, y sacan del chuspe, su provisión.
Ya está terminando el día y se divisan a algunos indios haciendo fuego con intención de incendiar lo que puedan.
Lunes
10 de Julio de 1882 (hace 141 años)
- Tranquilos, llevamos quince horas de combate, y hemos demostrado ¡¡que un chileno no se rinde jamás!!
- Sí mi teniente, aquí sólo hay valientes y
juramos combatir hasta morir. Y así lo
haremos. ¡Viva Chile!
<Se escuchaba de los labios de esos “Chacabucanos”>.
- ¡¡Sigamos igual, resistan!! <Con viva voz ordenaba Ignacio Carrera Pinto a los tres oficiales y tropa>.
Carrera lucía el grado de teniente pero, su ascenso a capitán ya había sido despachado en el mes de mayo desde Santiago.
En el parte de fuerza, figuraba el subteniente Julio Montt Salamanca de la 5° Compañía, <quien por esos azares del destino había sido derivado a La Concepción víctima del tifus> pero, no obstante, su gravedad participó en el combate, sacando energías de su alma.
- Son las siete de la mañana y ya han visto
como
han tratado de matarnos, ni la furia, ni el
desgaste nos vencerán. Ya durante toda
la noche no han podido.
¡Ánimo, ánimo!
Del bando contrario se escuchó:
- ¡Alto el fuego! ¡Alto carajo, alto he dicho!
Poco a poco, del frente adversario la balacera, disminuía y el ruido ensordecedor bajaba en intensidad, empezaba a escucharse la brisa.
- ¿Qué pasa ahora? ¿Por qué ese silencio? <Pregunta Ignacio>
- Quieren parlamentar mi teniente.
- Mmm, ¿Qué raro es esto?
- Mi teniente, <grita Cruz Martínez> Al parecer de ahí, si así es, viene un oficial, seguido por un serrano que porta una bandera blanca.
- Detenga el fuego Arturo. ¡Que nadie dispare !! <Ordena Carrera>
- ¿De qué se trata, ahora? <Se preguntaba Carrera>
Efectivamente, un oficial con tenida oscura, guerrera azul y vivo blanco, se acercaba a las instalaciones que servían de parapeto de la cuarta compañía del Batallón “Chacabuco”.
- Teniente, <pregunta el oficial peruano> ¿Usted es el más antiguo de la tropa chilena en esta guarnición?
- Sí, lo soy y a gran orgullo.
- Mi coronel Juan Gastó, señor, me ha comisionado a entregarle esta nota de capitulación.
- ¿De qué?
- De
proceder a entregar, señor, a deponer las armas y devolver la
guarnición, señor.
-
Gracias por sus respetos, pero le ruego pasarme esa nota. <le dijo el
teniente Carrera mirándolo fijo a los ojos>
-
Señor, somos muchos, le prometemos que nada les ocurrirá, si
deponen ustedes.
<Peroraba diciendo> Sí bien han combatido como valientes, no tendrán escapatoria, señor.
- Sí hijo, le entiendo, <manifestó Ignacio al joven oficial>.
En su mente estaba imborrable la imagen de Prat en la rada de Iquique, estaba imborrable la imagen de su padre que luchó por los ideales, de su abuelo, sí, del general José Miguel Carrera Verdugo. <Pensó> ¿Acaso este mozalbete no conoce el honor de un soldado chileno?
Y viendo la nota, que se hacía difusa producto del cansancio e ilegible por la letra de Gastó. ¿Qué raro, tengo tanta energía y la visión tiende a nublárseme? ¿Qué extraño?, <pensó> Procediendo a leer, lo siguiente:
República del Perú Ejército del Centro
Concepción, 10 de Julio de 1882
Señor jefe de las fuerzas chilenas de
ocupación
Junto con extender los saludos a usted, y la admiración más profunda por la valentía demostrada en las horas de combate en que decididamente han defendido vuestro pabellón, vengo en ofrecer la capitulación, con el denuedo de hombres de armas, sabedores del sentido del respeto y del honor.
Considerando que nuestras fuerzas que rodean Concepción son numéricamente superiores a las de su mando y deseando evitar un enfrentamiento imposible de sostener por parte de ustedes, les intimo a deponer las armas en forma incondicional, prometiéndole el respeto a la vida de sus oficiales y soldados. En caso de negativa de parte de ustedes, las fuerzas bajo mi mando procederán con la mayor energía a cumplir con su deber.
Dios guarde a usted,
Fdo)
JUAN GASTÓ VALDERRAMA
Coronel
Leída la nota de capitulación, miró al oficial emisario, a quien le sonrió, con respeto y acto seguido movió la cabeza.
Sus hombres, la cuarta compañía miraba cada gesto de su comandante, quien antes de escribir al reverso de la nota, procedió a recorrerlos con la vista, con esa mirada serena, con la mirada de un Carrera, que miraba a los ojos, pero sentía y mucho, y en lo profundo de su ser, le pedía a Dios, le acompañara en su decisión.
<Pero,
sí es la decisión de mi patria, de mi
Ejército es aquella que nos señala que
un chileno no se rinde jamás y la del
lema
“Vencer o Morir”>.
Tomando la nota, la apoyó en su rodilla, y procedió a contestar:
" En la capital de Chile, en uno de
sus principales paseos públicos se encuentra inmortalizada en bronce la estatua
del prócer de la Independencia Nacional, el General José Miguel Carrera
Verdugo, cuya misma sangre corre por mis venas, por cuya razón comprenderá
usted, que ni como chileno ni como descendiente de aquel, deben intimidarme ni
el número de sus tropas ni las amenazas de rigor".
Dios guarde a Usted,
Fdo)
IGNACIO CARRERA PINTO
Teniente
El emisario, recogió la nota de las manos de Carrera, y tentado en leer la respuesta, se abstuvo de ello, <lo intuía> y desechando la inclinación natural de saber que lo que escribió su interlocutor y con fuerza interior doblega su espíritu y le niega esa intención.
Es mejor dejar esa responsabilidad a su coronel Gastó, <luego siguiendo los aspectos formales> dio un giro, quedando de espalda al teniente Carrera y presuroso caminó al lugar donde se encontraba el mando peruano, allá, a trescientos metros de la plaza.
Los integrantes de la compañía, estáticos, con su vista posesionada en su comandante de Compañía, quien movía su diestra insistentemente hacia abajo, insinuando a los suyos que mantuvieran la calma, y con su mentón les indicaba que se parapetaran nuevamente, y mantuvieran la calma.
Bastaron unos segundos, que ese joven oficial entregara la respuesta a Gastó, quien al terminar de leer la respuesta, subió la vista y ordenó reanudar el fuego. Que, a los pocos instantes adquirió una furia incontenible.
-Oiga
Salazar, <gritó Gastó>. La gente suya pues, esos de Vilca y Quichuay.
¡Qué se ganen hacia delante! Próximos a la plaza.
¡Carajo que murió Carvajal!, ¡Muévalos Melchor, y rápido!, y por detrás del cuartel, deje caer a los de San Jerónimo, no importa que vayan con lanzas. Por el frente vaya usted Trujillo, ¡y que la fusilería del Pucará se haga sentir!
¿Como ese puñado de chilenos nos han desgastado tanto? <<no lo entiendo, <pensaba> y se decía para sí, el coronel Gastó>>
-¡No
creo, que a los chilenos les quede más munición! <gritaba Gastó> Son muchas las horas que han transcurrido. ¡Y, si
no caen ahora, podrán hacerse más fuerte
si llegasen refuerzos! ¡¡Es ahora o nunca!!
¡Vamos serranos por el Perú libre! <exclamaba un encolerizado Juan Gastó> ¡Usted, Ambrosio por el flanco izquierdo y haga avanzar a esos serranos, hermano!
La guerrillas de coma y la numerosa indiada habían tomado posesión por el interior y paralelamente desde esos techos rojos con tinte colonial de los edificios más altos, salía un nutrido fuego en dirección a las casas del curato buscando como blanco las guerreras azules de esos soldados del 6° de línea, de esa cuarta compañía que estaba a punto de alcanzar la gloria.
El sonido era ensordecedor. En los muros del edificio parroquial golpeaban y por entre esa viejas paredes silbaban los proyectiles. Tan nutrida era la balacera que caían chilenos y peruanos.
- ¡La plaza está llena de cuerpos! <gritaba Ambrosio Salazar>.
Ese lunes 10 de julio, los serranos, cansados, agobiados de combatir toda esa noche, sólo buscaban destruir y dar muerte a como diera lugar a esos valientes, no dando crédito a lo que veían. Por sus mentes estimaban que algún oculto sortilegio sostenía a esos chilenos. Que supersticiosos que eran, tendían a desbandarse.
Y el mando Peruano como veía que siendo las nueve y media de la mañana y todavía continuaban defendiéndose con decisión y valentía, ordenó, <como una forma de frenar la retirada de esa tropa supersticiosa> incendiar la capilla, para intimidar a la cuarta compañía. Esto una herejía, y sabiendo Gastó que tal atropello contra el credo podría descompensar el alma de esos valientes, procedió demoníacamente a tal sacrilegio.
La tropa adversaria temía que asomara en lo alto del cerro León o de las alturas circundantes un refuerzo para los soldados de Chile.
¿Pero qué hacer contra estos? ¿Por qué no se rinden? <Se preguntaba Salazar> ¿Por qué no mueren?
Han transcurrido dieciocho horas de combate, el cansancio era enorme.
-¡¡Siga igual Arturo no ceda!! <gritaba Carrera> ¡comuníquele a Cruz y al primero Silva que nos reunimos de inmediato para sacar la munición y repartir los 9 mil tiros que nos quedan!
Luego el capitán, si porque ya era capitán. <Pero él no lo sabe> Se reúne con los oficiales y tres sargentos, que a las diez de la mañana “se juntan”. Los amuniciona como puede, estos, hacen cargar sus fusiles Gras.
- ¡No
puede ser mi coronel! <grita Ponce de León>¿Cómo es posible tantas horas
y no caen?
¡¡Vamos pues, con ganas peruano!!
El fuego se potenció, la furia era inmensa de los atacantes. Por este lado de la casa religiosa, en la estructura parroquial “las olas de llamaradas cobraban más fuerzas”. Ignacio tosía, pero conocía ese olor, el fuego le era familiar, cuando en 1872 había ingresado como voluntario a la primera compañía de bomberos de Santiago, ¿Cuántos amagos socorrió? Habían sido muchos, y fue tanta su valentía que fue condecorado por el superintendente y por aquellos años Benjamín Vicuña Mackenna, su “jefe” <lo estoy viendo, se decía> le felicitaba. Emulándolo, años después se incorporaba también a esa 2da compañía de bomberos.
En el fragor del combate, su cuerpo y mente estaban atentos con sus cinco sentidos.
Todo ahí en la Concepción combatiendo.
En ese instante una bala penetra su brazo izquierdo, el dolor corpóreo, arde, quema. Lo hace caer por el cansancio y por el dolor, la tierra le ensucia el rostro como en Mendoza, así igual que en 1868 cae de bocajarro en esa tierra en una jineteada siendo un joven veinteañero, así de joven como Julio Montt. Pero la tierra aquí en la sierra es dura, y es que se acerca el final de su vida.
Con la cazoleta de su sable Chatellereault, se apoya, se levanta una vez más y continua luchando y dispara. Cae un serrano, pero vienen más. Son muchos que le van rodeando, le contemplan como un Leonidas, la mayoría de éstos le llegan al hombro, si porque Carrera es alto, pero además en el combate se ve gigante. Su brazo izquierdo no lo siente. ¿Es extraño? <piensa>, luego escucha una voz interior que llega a su alma ¡Vamos Ignacio, vamos mi nieto, eres el mejor de los Carrera! Su cuerpo sangra de tantos cortes, cae su revolver, ya no le quedaban tiros, ahora es empujado. Es una carnicería, en ese instante lo envuelve la tristeza, esa que conoció cuando su padre fallece, noticia que le sacude en su adolescencia.
El
griterío y el balaceo continua con gran intensidad, ¿Cómo se pregunta, cómo?
¡Eres un Carrera, eres un Carrera! <Oye en su interior> No puedes desfallecer y lucha
por los ideales siempre, “ese es su padre”. ¿me acompañas? <Se pregunta>. Otra vez cae, apenas se levanta, pero siente una estocada traicionera, su alma ve a Eliana. Ese amor de joven, aquella jovencita, pero se evade, todo empieza a esfumarse ¿Qué extraño? Son muchos los cortes de esos rabiosos cholos, pero es curioso…, ya no siente, es extraño porque mira todo, observa la bandera flameando. La tez del nuevo héroe va esbozando una sonrisa. Afuera sin él sigue el combate, agobiado Pérez Canto ha caído. ¡Es increíble ese muchacho! <piensa Carrera> quedan solo dos oficiales. Son Julio Montt Salamanca quien es el que manda y junto a Luis Cruz Martínez combaten fieramente. Ahí los veo. ¡¡Qué valientes ¡¡Son los mismos de siempre, son soldados del Ejército chileno!! Del que nunca ha sabido de derrotas.
Los
serranos dejan caer palos y garrotes. Otros amparados por los primeros clavan
sus cuchillos, ahí Ignacio Carrera Pinto,
yace en el suelo, su guerrera está hecha jirones, aun respira, antes que
esa jauría de la última estocada, su
alma se aferra y ve pasar en los pocos segundos que le restan “su vida y su
tiempo”, sus apenas treinta y cuatro años.
11 A.M.
- ¡Ha muerto mi capitán!, él empezó el combate comoTeniente, pero es mi Capitán.
Que increíble <pensaba el subteniente Cruz Martínez en medio del humo y en el interior del cuartel> he pasado la noche combatiendo al lado de un gigante, está terminando mi tiempo en esta tierra. Ya mi capitán Ignacio Carrera Pinto entregó su vida, se presentó en el cielo, está con los suyos, lo mismo Montt y Pérez Canto, y todos estos aguerridos y altaneros soldados de la cuarta compañía han dejado de existir por la patria, por Chile, sólo faltó yo.
Ya mi capitán espéreme ahora me reúno con usted y mis camaradas de la Compañía.
Abriendo la puerta en su última carga, al igual que a su Capitán, los montoneros y serranos le pidieron que se rindiera
-
¡¡“Ríndase señor oficial”!!,
¡¡“Ríndase niño Luis Cruz
El
subteniente está sólo, pero el espíritu de los Chacabucanos está con él, el
espíritu de Chile, le acompaña. Él lo sabe y siguiendo el ejemplo de Carrera,
desenvaina y blandiendo el sable, corre hacía su enemigo buscando un blanco.
- ¡¡“Un chileno no se rinde jamás”!!!.
La tropa se abalanzó sobre él. Eran millares.
A los
pocos segundos un silencio y un recogimiento se producía en La Concepción, en
esa sierra, en esa breña.
Jorge
Villarroel Carmona
Etiquetas: recuerdos




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